El niño de 9 años

Arnold Gesell (E.E.U.U. 1880-1961)

Recomendamos “El niño de 9 años” de Arnold Gesell como una importante lectura para padres de familia y profesores en la intención de recoger y proponer diversos argumentos para el mejor conocimiento de las características de cada edad.

 

El psicólogo Gesell (EE.UU. 1880-1961) es reconocido como uno de los más importantes especialistas en el estudio del desarrollo infantil, al que le dedicó toda su vida. Fundó para tal efecto la Yale Clinic of Child Development, institución que se conoce hoy como Gesell Institute of Child Development.

Los estudios comprendidos en la serie ‘El niño de…’ son resultado de más de 20 años de investigaciones y observaciones apoyadas en entrevistas, fotografías, videos y otras técnicas que permitieron la clasificación de actitudes, movimientos y comportamientos de los niños de diferentes edades, y que en la actualidad son considerados como una obra clásica y un punto de referencia obligado en el área del desarrollo humano.

Hay que tener en cuenta, por supuesto, las limitaciones implícitas en toda generalización, que el autor mismo no olvida señalar, por cuanto es indispensable dejar un margen amplio para las diferencias y las condiciones individuales, por un lado, y para las condiciones derivadas del desarrollo de cada género, por otro. De la misma manera conviene reconocer que la población infantil estudiada corresponde a un tiempo y un espacio determinados, en este caso a niños estadounidenses de la primera mitad del siglo XX. Es mejor, en consecuencia, abordar este tipo de lecturas bajo el presupuesto de que todas las niñas y los niños son únicos, irrepetibles y diferentes. Pero al mismo tiempo es importante reconocer sus características generales -que las hay- a la manera de un conjunto intersección que señala los rasgos comunes de madurez y comportamiento, bajo un esquema que presenta, en cada libro: características motrices, higiene personal, expresión emocional, temores y sueños, personalidad y sexo, relaciones interpersonales, juegos y pasatiempos, vida escolar, sentido ético e imagen del mundo.

Como un punto de referencia, válido entre otros, presentamos apartes del capítulo Perfil de madurez, para que sirva como aperitivo de futuras lecturas sobre temas del desarrollo humano tan pertinentes y urgentes para padres y maestros.

Perfil de conducta (apartes)

El niño de nueve años ya no es simplemente un niño; tampoco es un adolescente. Nueve es una edad intermedia, en la zona ubicada entre el parvulario y la adolescencia de la escuela secundaria. Durante este periodo intermedio tienen lugar reorientaciones significativas. Las tendencias de conducta del octavo año se presentan con mayor claridad; el niño adquiere mayor dominio de sí mismo; adquiere nuevas formas de autosuficiencia que modifican profundamente sus relaciones con la familia, con la escuela, con sus compañeros y con la cultura en general. Los cambios se producen de forma tan sutil que, a menudo, los padres y los profesores no perciben suficientemente su importancia. Pero se trata de transformaciones psicológicas tan llenas de consecuencias, tanto para el niño como para la cultura, que merecen mayor atención.
La automotivación es la característica cardinal del niño de nueve años. Es la clave para comprenderle en su progreso hacia la madurez. El niño posee una creciente capacidad para aplicar su mente a las cosas, por propia iniciativa o con ligeras sugestiones por parte del ambiente. Esto le confiere un aire típicamente preocupado, de hombre de negocios, tanto en su casa como en la escuela. En realidad, está tan ocupado que parece faltarle tiempo para las tareas rutinarias y no le apetecen las interrupciones. Por otra parte, puede interrumpir sus tareas por sí mismo. Si está concentrado en un trabajo con papeles, por ejemplo, puede interrumpirlo, ir a donde está el sacapuntas y volver a su trabajo sin perder impulso y sin necesidad de nuevas órdenes. También es capaz de llenar sus momentos de ocio con alguna actividad útil. Puede trabajar dos o tres horas continuadas con su equipo de construcciones. Le complace poner a prueba su habilidad, le gusta azuzar su amor propio.
Por comparación, el niño de ocho años depende mucho más del apoyo ambiental: de la presión del grupo y del estímulo del adulto. Ocho vuelca cierta cantidad de atención sobre una tarea difícil, pero su energía se agota pronto. Nueve es capaz de acudir a reservas de energía y renueva su ataque en ensayos repetidos. Esto se debe a la mayor madurez de toda su dotación y conducta. No es de sorprender que sea tan buen alumno, dispuesto a afrontar todo lo que se halle razonablemente dentro de su capacidad. Nueve es una edad óptima para perfeccionar la pericia en el manejo de herramientas, en las operaciones fundamentales de la aritmética y en otras habilidades. El niño de nueve años se muestra tan interesado en perfeccionar estas habilidades que repite las cosas una y otra vez, bien se trate de arrojar dardos o de dividir por una cifra.
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Cuando decimos que el niño de nueve años es serio como un hombre de negocios, no queremos decir que piensa en términos financieros. No se interesa por el dinero tanto como Ocho. Con frecuencia, las monedas y la asignación semanal constituyen sólo un débil aliciente. El niño tiene mejores razones para estar ocupado: es adicto a hacer inventarios y listas de control; le gusta clasificar e identificar, ordenar su información; está en su papel como aficionado al fútbol y conoce un cúmulo sorprendente de hechos y cifras relacionados con este deporte. Tiene un interés real por las sucesiones y categorías –las distinciones entre tipos de aviones, las banderas de las Naciones Unidas, etc.-. Si tiene pasión por las historias –y a menudo la tiene- es su contenido informativo el que le atrae principalmente. Capta los detalles significativos y los trozos de información que le llegan por vía de la televisión, del cine, de las revistas ilustradas y de la conversación con adultos.
Destaquemos estos rasgos intelectuales del niño de nueve años porque dan color y dirigen los múltiples modos de su conducta personal-social. Muestra un nuevo discernimiento en sus relaciones padre-hijo y alumno-maestra, nuevos refinamientos en sus emociones y actitudes. La profundidad de su vida emocional (pues es menos superficial que a los ocho años) se debe, como es lógico, a cambios subyacentes en la fisiología de su sistema neuro-humoral. Afortunadamente, sin embargo, el sentimiento y la intuición guardan mayor equilibrio que a los cinco y medio y seis años. En consecuencia, el niño de nueve años, bien constituido, tiende a ser una persona relativamente bien organizada, que sabe cuánto vale y puede saber cuánto vale su interlocutor. No le gusta ni necesita que se le proteja con condescendencia. Por lo general, no es muy agresivo. Y sus estimaciones de padres y maestros pueden ser penetrantes y exactas, al tiempo que ingenuas.
En vista de su inmadurez, el niño de nueve años muestra un sorprendente sentido que equidad y hasta de moderación en sus estimaciones y esperanzas. Ha superado sus excusas más infantiles. Puede aceptar su culpa; y si varias personas –se ven envueltas en alguna dificultad, quiere distribuir las culpas equitativamente. Insiste en saber quién provocó la dificultad. Posee un agudo interés emocional e intelectual por los castigos, privilegios, reglas y procedimientos, particularmente en su vida escolar y social. Aprecia la justicia de la disciplina tanto según sus normas individuales como según normas colectivas. Es muy sensible a las ideas elementales de justicia. La cultura puede sembrar semillas de prejuicio, pero el niño responde fácilmente a los requerimientos contra la discriminación racial.
Como es natural, existen diferencias innatas en la profundidad y en los modos del sentido ético; sin embargo, en condiciones culturales favorables, el niño de nueve años es fundamentalmente sincero y honesto. Puede decir para sus adentros <<Debo ser honesto>> y regresar a la tienda a devolver un cambio excesivo, como también a reclamar si le han dado de menos. Puesto que no ha alcanzado aún la perfección, pensara que es peor mentir a su madre que a otra persona. Con todo, en conjunto, es seguro y responsable. Le gusta que depositen confianza en él. Le gusta poder gozar de cierta libertad, cuando puede estar <<suelto>> durante una o dos horas, sin la inquisitiva supervisión parental. Sus lamentos no se deben tomar muy en serio. Como el niño de siete años, quizá sea un síntoma de que hay nuevos modos emocionales en proceso de crecimiento.
Evidentemente el niño de nueve años está desarrollando un sentido de status individual que necesita de la comprensión afectuosa de sus mayores, y por encima de todo, de su propia familia. Le gusta su hogar y siente hacia él una cierta lealtad privada; resplandece de orgullo pensando en su maravilloso padre. Pero también siente deseos de alejamiento, de lograr una separación que le permitirá sentirse más dueño de sí mismo. De modo que cuando no está en casa no desea que se le llame inoportunamente <<hijito>> en presencia de extraños; la niña no desea que se le identifique como <<mi hija>>. Por encima de todas las cosas, el niño de nueve años no quiere ser mimado por una madre que, inconscientemente, le trata como si fuera todavía un niñito incesantemente necesitado de protección. Los padres se inclinan a veces hasta el extremo opuesto y le tratan como si fuera un <<hombre>>. En realidad, el niño necesita ayuda en algunos puntos críticos y le gusta recurrir a sus padres en busca de esa ayuda. Una educación hábil adapta la ayuda a las necesidades y la retira cuando es necesario, para fomentar así una deseable independencia.
Los padres deberían, por consiguiente, mostrarse satisfechos de que, en ocasiones, el niño de nueve años demuestre más interés por sus amigos que por la excursión familiar tan benévolamente proyectada para él. Muchos prefieren reunirse con sus compañeros en largas sesiones similares a las de los clubes, en las que la conversación y la planificación quizás figuren con mayor prominencia que el juego activo. Son muchas las cosas que necesitan de la cómoda confabulación entre amigos, una especie de intercambio que ni siquiera el círculo familiar puede suministrar. Nueve es un gran conversador. Se le debe dejar, pues, conversar.
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En la escuela, los grupos pueden incluir tanto niños como niñas, pero las asociaciones espontáneas son casi siempre unilaterales. Las niñas tienen sus propios clubes en los cuales dedican algún tiempo a reír y murmurar, mientras los niños se entregan a la lucha y la algazara. Los niños tienen más dificultades con matones de su misma edad o mayores. Las fiestas de cumpleaños se limitan, por propia elección, a un solo sexo. Los niños dirigen burlas recíprocas respecto de las amigas. Las niñas se mofan unas de otras respecto de sus amigos. Ambos sexos se desdeñan cordialmente.
(…)
Existen diversas formas de una nueva conciencia de los aspectos parentales y reproductivos del sexo. La mayoría de las niñas de nueve años tiene conocimientos sobre el proceso menstrual. Muchos niños y niñas tienen comprensión del papel del padre en la procreación. Han observado el nacimiento en los animales. Demuestran pudor y curiosidad simultáneos respecto de la fisiología y la anatomía elementales del sexo. El realismo intelectual de esta edad los recata de los excesos románticos. El niño de nueve años es relativamente despreocupado en cuanto al aspecto exterior, sea en ropa o en cosméticos. Las reorientaciones en la esfera del sexo, sin embargo, tienen suficiente identidad como para indicar que el niño de años anteriores ha entrado ahora en el sector preadolescente del ciclo vital. Las niñas están más próximas a la pubertad que los niños. Este hecho y las variaciones de madurez fisiológica dentro de cada sexo explican, en parte, la amplia gama de diferencias individuales, tan evidente a esta edad.
Un perfil de conducta difícilmente puede hacer justicia a estas diferencias individuales, pues debe ser trazado a grandes rasgos. Esto obliga a dejar de lado las líneas y los matices más finos, tan importantes para la descripción de un niño o una niña específicos: el que está, por ejemplo, en la casa del lector. Este niño lleva impreso el sello de su individualidad. Posee gestos propios, maneras de reír y de proferir exclamaciones; tiene humor, depresiones y estado de ánimo, modales durante la comida, posesiones, formas de hablar, conductas y entusiasmos, que lo hacen único. La naturaleza nunca producirá otro como él, pues aborrece la repetición, aun en los gemelos originarios de un mismo huevo.
Nueve es, predominantemente, una edad en la cual la individualidad trata de reafirmarse y reorganizarse. A esta edad, un niño activo no depende demasiado del elogio y puede hasta mostrarse sorprendido cuando se le dedica alguno; pero acepta la aprobación y los beneficios que de él derivan. En realidad, le gusta el elogio oportuno y muestra una capacidad mucho mayor para asimilarlo que el niño de siete años. Si su naturaleza es introvertida, retraída, necesitará que se le trate con una penetración especial y, en ocasiones, con suma suavidad. En caso de duda, es prudente tolerar particularidades que constituyen la expresión de impulsos del desarrollo. El niño tiene que hallarse a sí mismo.

Los subrayados son nuestros

(Tomado de Gesell, Arnold. El niño de 9 a 10 años. Paidós / Guías para padres. Barcelona, 2000)


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