El niño de 13 años

Arnold Gesell (E.E.U.U. 1880-1961)

Recomendamos “El niño de 13 años” de Arnold Gesell como una importante lectura para padres de familia y profesores en la intención de recoger y proponer diversos argumentos para el mejor conocimiento de las características de cada edad.

 

El psicólogo Gesell (EE.UU. 1880-1961) es reconocido como uno de los más importantes especialistas en el estudio del desarrollo infantil, al que le dedicó toda su vida. Fundó para tal efecto la Yale Clinic of Child Development, institución que se conoce hoy como Gesell Institute of Child Development.
Los estudios comprendidos en la serie ‘El niño de…’ son resultado de más de 20 años de investigaciones y observaciones apoyadas en entrevistas, fotografías, videos y otras técnicas que permitieron la clasificación de actitudes, movimientos y comportamientos de los niños de diferentes edades, y que en la actualidad son considerados como una obra clásica y un punto de referencia obligado en el área del desarrollo humano.
Hay que tener en cuenta, por supuesto, las limitaciones implícitas en toda generalización, que el autor mismo no olvida señalar, por cuanto es indispensable dejar un margen amplio para las diferencias y las condiciones individuales, por un lado, y para las condiciones derivadas del desarrollo de cada género, por otro. De la misma manera conviene reconocer que la población infantil estudiada corresponde a un tiempo y un espacio determinados, en este caso a niños estadounidenses de la primera mitad del siglo XX. Es mejor, en consecuencia, abordar este tipo de lecturas bajo el presupuesto de que todas las niñas y los niños son únicos, irrepetibles y diferentes. Pero al mismo tiempo es importante reconocer sus características generales -que las hay- a la manera de un conjunto intersección que señala los rasgos comunes de madurez y comportamiento, bajo un esquema que presenta, en cada libro: características motrices, higiene personal, expresión emocional, temores y sueños, personalidad y sexo, relaciones interpersonales, juegos y pasatiempos, vida escolar, sentido ético e imagen del mundo.
Como un punto de referencia, válido entre otros, presentamos apartes del capítulo Perfil de madurez, para que sirva como aperitivo de futuras lecturas sobre temas del desarrollo humano tan pertinentes y urgentes para padres y maestros.
(Nota del Claustro)


Perfil de madurez (apartes)


Cada año trae consigo un incremento de la madurez. El correspondiente a los trece años es bastante complejo porque por que la adolescencia se halla ya bien iniciada y comienzan a emerger múltiples y nuevas facetas de la conducta. Algunas se vuelven manifiestas, pero otras permanecen en la oscuridad, porque Trece (durante el curso de un año) no siempre se muestra abierto y comunicativo. En el hogar se le suele ver callado, dedicado a pensar y soñar. (…) Pese a algunos altibajos en su humor, es capaz de adaptarse y digno de confianza. Puede demostrar, incluso, una sorprendente habilidad y espíritu de protección para ayudar a cuidar a un hermanito en edad preescolar. (…) Así, lo acosan una cantidad de preocupaciones privadas, Suele hacer criticas minuciosas a los padres. Éstos, a su vez, se quedan perplejos y desconcertados por su reiterada tendencia a retraerse del círculo familiar. Quizá los padres se preocupen innecesariamente, temiendo que el niño se aleje de ellos. Muchos de los males de la adolescencia suelen ser síntomas perfectamente normales del proceso evolutivo y conducen al niño a un mayor conocimiento de sí mismo. Quizá no haya ninguna razón para afligirse. (…)
El niño de trece años se retrae de tanto en tanto sobre sí mismo. En estos breves intervalos de ensimismamiento recapacita sobre sus sentimientos íntimos, sus tensiones y actitudes, No se trata de una evasión enfermiza de la realidad, sino más bien de una forma experimental de juego psíquico. Los movimientos de la mente requieren una ejercitación explorada tan frecuente como los movimientos musculares del cuerpo con los cuales se hallan relacionados. Este tipo de interiorización representa una función positiva, constructiva. Ella nos ayuda a interpretar algunas de las aparentes extravagancias de la conducta adolescente inicial.
Un niño de trece años puede sumarse al grupo familiar para contemplar un programa vespertino de televisión. El espectáculo le interesa, pero en medio del programa su rostro adquiere repentinamente una expresión grave y ausente. Entonces se levanta sin ceremonias y, sin decir una sola palabra, se marcha a su habitación para meditar, para rumiar sus pensamientos. No es posible penetrar en su mundo de sueños, pero estos no son interminables; además, por su propia iniciativa y responsabilidad no tarda en lanzarse a un asalto concentrado sobre sus deberes, En cierto modo, le preocupan tanto los asuntos internos como los externos.
Esta conducta no significa que el adolescente trate de retraerse de la realidad, sino, por el contrario, que hurga más hondo de ella, revolviendo todo en su pensamiento. Esta conducta interiorizarse es un serio problema para el. Si tratara de escapar a la realidad, tendería más a los modos de conducta evasivos y distraídos, o bien a la franca oposición. En su lugar, a veces parece buscar la soledad, no por la soledad misma, sino para procurarse ciertas satisfacciones íntimas que le resultaría difícil expresar con las palabras. El niño aclara y organiza sus experiencias mediante ensayos interiores y exámenes de sí mismo.
(…)
De este modo, la conducta interiorizante adopta formas muy diferentes. Claro está que varía según el temperamento y las aptitudes de los distintos individuos. Puede darse en breves episodios o de una sola vez durante un largo paseo solitario. Un adolescente de talento puede, a esa edad, dedicar largos periodos de reflexión a los sectores especiales de su interés.
Algunos niños son más taciturnos que otros. Pero la actividad mental interiorizante puede considerarse una manifestación normal de desarrollo, a menos que haya llegado0 a ciertos extremos de frecuencia y contenido. En realidad, la conducta interiorizante merece cierto respeto que no siempre recibe. Cuando un adolescente se halla ensimismado en sus pensamientos, puede parecernos hosco, sombrío o insociable. Nuestras interpretaciones erróneas de sus actitudes pueden resultar, así, sumamente injustas.
Un niño típico de doce años es alegre. Trece es reflexivo. Esta diferencia climática se pone de relieve en la entrevista evolutiva. Al igual que Doce, Trece generalmente se muestra cooperativo, pero no tan espontáneo en su expansividad y curiosidad. Ahora hay menos conversación, menos simpatía. Su voz es más baja y el niño a veces responde simplemente con su encogimiento de hombros; a esta edad se sienta con relativa compostura y sus movimientos nerviosos prácticamente se limitan a las manos.
(…)
Su elección de las palabras sugiere un mayor grado de madurez. Utiliza expresiones de este tipo: <Para decirlo lisa y llanamente>, <Rara vez>, <Armonioso>, <Consciente>, <A mi juicio>, etc. Y en algunas ocasiones nos asombra utilizando el término ¡<psicología>! Todo esto es sintomático de una inteligencia en crecimiento. El niño encuentra un nuevo placer en el pensamiento racional, en la formulación de proposiciones y en el planteamiento de dudas. Es capaz de pensar en función de la necesidad, la probabilidad y las condiciones hipotéticas. Comienza a ser consciente de que la facultad de razonamiento es una operación de la mente que él controla.
Trece comienza a aplicar estas facultades nacientes a su vida emocional a través de la autoestima y la estima de sus allegados, jóvenes y adultos. Es consciente también de sus cambios de humor y trata de esclarecerlos con la luz del pensamiento. Así, puede expresar fastidio consigo mismo: <No quisiera sentir lo que siento>; <Oh, últimamente me he portado muy mal con todo el mundo>. Se sirve de las palabras para poner sus sentimientos bajo un mejor control y para levantar una fuerte valla contra los temores que le asaltan. Rara vez llora de rabia; da salida a la ira utilizando más las palabras que la violencia física. Cada vez revela una mayor capacidad para experimentar tristeza. Sus cambios de humor frecuentemente son de tono menor. Trece puede ser tímido con los extraños. Es susceptible. Ocasionalmente se protege retirándose tanto física como mentalmente del foco de irritación. En otras ocasiones puede adoptar una actitud desagradable, antagónica, verbalizada a manera de desafío, como si quisiera defender su propio yo, poniéndose en guardia contra el padre.
Trece es sumamente sensible a las críticas y percibe agudamente los estados emocionales de los demás. Demuestra una nueva habilidad para leer la expresión facial de la gente y también para imitar y personificar a ot5ros por medio de la mímica, a veces con cierto sentido del humor. En un tipo de juego más serio, le complace medir su ingenio con el de los adultos cooperadores, luchando por medio de golpes y contragolpes verbales. Todo esto indica que su vida emocional se desarrolla en íntima relación con su inteligencia y su conducta social. Todo el vasto terreno de las relaciones interpersonales se halla sujeto a los mecanismos articuladores básicos de la percatación interiorizante y la exteriorizante.
La conducta interpersonal sufre las primeras y más rigurosas pruebas en el hogar. Los hermanos siguen siendo una fuente de problemas, particularmente si tienen entre seis y once años. Pero las dificultades son menos constantes que en épocas anteriores y tienden a desarrollarse más en un plano verbal que físico. Los hermanitos de menos de seis años despiertan el interés y el cariño de Trece, que los cuida con un bondadoso espíritu de protección. A las hermanas y hermanos mayores se les suele mirar con admiración y respeto, pudiendo convertirse en confidentes del niño.
(…)
A esta edad, niños y niñas, por igual, suelen eludir las relaciones confidenciales, íntimas con sus padres. Con algún embarazo, un niño se atreve a insinuar que no le gusta que su padre le pase el brazo por los hombros. El sentido crítico de las niñas suele aguzarse con respecto a las madres, <por su propio bien>. La crítica es a veces sumamente minuciosa, recogiendo los más ínfimos detalles y abarcando desde la ropa, las alhajas, el peinado y el uso de los cosméticos ¡hasta su conducta y modales¡ La búsqueda de defectos se halla decididamente en un nivel de madurez superior al de los once años, pues se relaciona con los problemas que la misma hija trata de resolver. Ya comienza a dejar de discutir por mero placer. En los interludios de mayor tranquilidad procura iniciar un análisis reposado de los distintos problemas discutidos. Con el aumento de las facultades de raciocinio, los debates serenos adquieren una importante función. A veces la niña puede anhelar secretamente poder hablar con más calma, y se mantiene a la espera de una ocasión favorable.
Como era de esperar, Trece tiende a mostrar un mayor espíritu de discriminación que a los doce años en su estima y aceptación de los compañeros. Ahora tiene menos amigos y tiende más a jugar solo o con algún amigo escogido. De igual modo, también las niñas tienen menos amigas. Pueden experimentar, incluso, menos interés por los niños que un año antes. En los niños se observa la misma tendencia. He aquí algunos comentarios ilustrativos: <Las chicas no me interesan mucho. No me disgustan, pero tampoco me preocupan gran cosa. En los exploradores hacemos algunos bailes, y eso es todo>; <En mi opinión, las chicas pueden ser o no ser exactamente como les plazca. La mayoría de mis amigos piensan como yo. No las encuentro repulsivas, simplemente no me importan>. Estas firmes declaraciones de neutralidad anticipan el surgimiento de los amoríos incipientes de los años inmediatamente próximos. Son relativamente pocos los que ya a los trece años salen con chicas.
En la pista de baile se observan ya algunos síntomas de un cambio más o menos inminente. Muchos chicos han alcanzado a las niñas en desarrollo físico y su actitud ya no es tan ruda y angulosa. Algunas niñas expresan, sin embargo, que no soportan a los niños de su misma edad, porque se comportan con demasiada torpeza
(…)
Trece tiene una prodigiosa capacidad para asimilar conocimientos. Cuando se le despierta el interés por algo, se lanza de lleno a las tareas escolares y a los proyectos especiales que ha contribuido a elaborar. Sus intereses se distribuyen en una amplia gama que abarca desde las ciencias hasta las artes. Tiene hambre de hechos.
(…)
No es fácil resumir el significado evolutivo de los trece años en una fórmula simple. Es este un año de complejas transiciones que abarcan, de forma simultánea, cuerpo, mente y personalidad. A menudo éstas se producen sin aviso o conocimiento previo. El adolescente debe salirles al encuentro lo mejor que puede sin contar para ello con ayuda alguna de la cultura que le rodea.
Las modificaciones en la conformación y la química corporales, inciden sobre la postura, la coordinación, el aspecto, la voz, la expresión facial y las actitudes y tensiones interiores. Cada sexo, cada individuo, presenta problemas evolutivos singulares, que provienen de la peculiaridad de su organismo y de su fisiología. Los cambios corporales intensifican la conci8encia del crecimiento. El adolescente se forma una imagen física de sí mismo, preguntándose siempre la impr4esión que causa en lo9s demás. Al cambiar las condiciones corporales, cambian sus estados de ánimo que fluctúan entre la secreta desesperación y la optimista aceptación de sí mismo. El niño debe asimilar estos hechos somáticos que ejercen un imperio profundo en él. Al mismo tiempo, se halla acosado por innumerables exigencias interpersonales provenientes del padre, la madre, los hermanos, las hermanas, los compañeros y los maestros. Además, los derechos del hogar, de la escuela y de los compañeros a menudo resultan incompatibles entre sí. Esto viene a agravar aún más la confusión.
En medio de todas estas presiones, Trece reserva la identidad de su yo, alcanzando cierto grado de independencia. Y resuelve su problema evolutivo mediante una conciencia de sí mismo y del mundo en que vive. Su sensibilidad y sus características interiorizantes son otros tantos síntomas de un sentido del yo más profundizado y en expansión. Es mucho lo que ha adelantado ya desde la relativa displicencia de los diez años. A los trece pasa por una etapa de transiciones decisivas y necesita más que nunca la comprensión y simpatía de los demás.

Los subrayados son nuestros
(Tomado de Gesell, Arnold. El niño de 13 y 14 años. Paidós / Guías para padres. Barcelona, 2000)


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