Fundadores

Carlos Medellín Forero

Susana Becerra de Medellín

Carlos Medellín Forero

(Pacho, Cundinamarca, 1928 – Bogotá, 1985). Abogado, escritor, educador y poeta. Hijo de Carlos J. Medellín Aldana y de María Magdalena Forero López. Casado con Susana Becerra Álvarez (cuatro hijos: Ángela, Carlos Eduardo, Jorge Alejandro y Silvia). Fundador del Claustro Moderno con su esposa en 1966. Desde entonces se desempeñó como Rector, hasta 1980, año en que fue nombrado Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, existiendo una incompatibilidad legal para ejercer ambos cargos. Sin embargo, siguió dirigiendo al Claustro personalmente, en todo lo relacionado con los aspectos académicos, organizativos, culturales, disciplinarios, laborales y legales, hasta el día de su fallecimiento en noviembre de 1985 en los trágicos hechos del holocausto del Palacio de Justicia. Fue además profesor de Español y Literatura, director de la Academia, director de grupo, director de un coro gregoriano en varias oportunidades con los alumnos de los últimos grados. Todos los días hábiles desde 1966 hasta 1985 estuvo presente al Claustro, en jornadas que podían durar cinco minutos o todo el día, tomando las decisiones más urgentes y las más importantes y dedicando con fervor su tiempo, su carácter, su temperamento y su vocación a la formación y el consejo de los alumnos y profesores, en la convicción de que, como decía, “un colegio no es, no debe ser sólo un centro de enseñanza, sino un laboratorio de cultura, de descubrimientos para la vida, de estímulos espirituales y estéticos”. Colombiano ejemplar, como abogado, escritor y educador fomentó siempre los vínculos de la juventud colombiana con su cultura y sus tradiciones. Es también el autor de la letra del Himno, un verdadero canto a la vida a través de la educación.

El espíritu de Carlos Medellín habita el Claustro Moderno a través de sus ideas, su esposa, sus hijos y de un Proyecto Educativo Institucional que desde su propia denominación, ‘No es para la escuela sino para la vida’ (lema institucional definido por él mismo) resume y proyecta su pensamiento pedagógico. Cada promoción de bachilleres del Claustro representa un homenaje a quien hizo posible esta obra maravillosa y una muestra viva de que es posible contar con ciudadanos más sensibles, más honestos y más responsables para un país en apuros que los necesita con urgencia. 

Carlos Medellín Forero fue un personaje muy importante en diferentes campos del acontecer nacional. Su vida fue ejemplo de independencia, honestidad, amor y justicia y su obra una amplia muestra de creatividad, sensibilidad y constancia y un permanente compromiso con el desarrollo humano de la juventud colombiana.

Múltiples y variados aspectos de su personalidad y de su formación profesional se destacaron siempre. Entre ellos, vale la pena mencionar:

El literario, en el cual obtuvo el Premio Nacional Espiral de Poesía en 1951. Cinco libros de poesía y uno de cuento forman una obra de honda reflexión sobre el ser humano en su compleja y sensible relación con el tiempo, el sonido, el color y la esperanza.

El pedagógico, en el cual realizó importantes contribuciones como autor de célebres textos de educación y de español, como Tu Idioma; como fundador y primer rector de la Universidad Central (en 1966), vicerrector de la universidades Nacional y Externado de Colombia, director de la Asociación Colombiana de Universidades y, especialmente, como fundador y rector de su máxima y más estimada obra, el Colegio Claustro Moderno, cuyos alumnos, profesores y exalumnos han consagrado en su memoria el Día de las Flores, en entusiasta celebración del día de su nacimiento, fecha en la cual se embellece cada vez más la finca Zarauz sede del Claustro, que fue espacio y motivo de sus más nobles y hermosas inspiraciones poéticas y pedagógicas.

El cultural, siendo reconocido desde muy joven como crítico de arte y promotor de espacios, talentos y eventos culturales. Fue jurado del Salón Nacional de Artistas en varias oportunidades, sosteniendo célebres y productivas polémicas con la crítica argentina Marta Traba. Fue fundador de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, con músicos como Jaime Guillén Martínez, Frank Preuss y Luis Antonio Escobar, en la primera sede del Colegio Claustro Moderno en 1966. Fue también director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Nacional, oficina que de convirtió años después en Colcultura, primero, y luego en el Ministerio de Cultura, adelantando una recordada labor de impulso de la Orquesta Sinfónica de Colombia y de la Banda Nacional, que incluyó la gestión para la única visita que hicieron a Colombia músicos de trascendencia mundial como Igor Stravinsky y Paul Hindemith, quienes dirigieron la Orquesta Sinfónica. Fue también director de la revista Bolívar del Ministerio de Educación Nacional, una de las más importantes revistas culturales de mediados del siglo XX en Colombia.

El jurídico, aspecto que lo acompañó igualmente durante toda su vida como profesor de Derecho en diferentes universidades y como Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, último cargo que desempeñó y en cuyo serio y cuidadoso ejercicio lo encontró la muerte en los dolorosos acontecimientos del holocausto del Palacio de Justicia en Bogotá, el 6 de noviembre de 1985, que hoy y siempre será motivo de profunda vergüenza y dolor nacionales. Ser recuerda con especial interés el estilo de sus ponencias, que ostentaban la triple y escasa condición de ser cortas, precisas y profundas.

Nacido en Pacho, Cundinamarca, el 8 de abril de 1928. Su padre fue el también abogado Carlos J. Medellín Aldana, Consejero de Estado y Magistrado de la Corte Suprema de Justicia y su madre la señora Magdalena Forero de Medellín. En 1956 se casó con la señora Susana Becerra Álvarez, de cuya unión nacieron cuatro hijos,: Angela, Carlos Eduardo, Jorge Alejandro y Silvia. Adelantó estudios de bachillerato en el Seminario Menor y en el Colegio Antonio Nariño, de donde se graduó como bachiller. Estudió derecho en la Universidad Externado de Colombia, en la cual se graduó como abogado en 1950.

Carlos Medellín Forero siempre llevó muy en alto su limpio nombre, su profesión, su nacionalidad y su continua vocación creadora y protectora de sueños.

Entre las ocupaciones y distinciones más importantes de su vida, se encuentran:

  • Aclamación de su tesis de grado “Introducción a la Estética del Derecho”.
  • Primer Premio en el Concurso Nacional de Poesía de “Espiral”
  • Premio Nacional de Periodismo “Antonio Puerto” .
  • Medalla Cívica Camilo Torres, por su trabajo como Educador .
  • Gran Cruz de Boyacá -por su trabajo como Magistrado.
  • Miembro fundador de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia.
  • Miembro de la Academia Hispanoamericana de Letras.
  • Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.
  • Miembro de la Comisión de la Unesco en Colombia.
  • Fundador de la Orquesta Filarmónica de Bogotá.
  • Presidente de la Junta Directiva de la Orquesta Sinfónica de Colombia.
  • Director de las revistas “Bolívar” (Ministerio de Educación), “Revista Jurídica” (Universidad Nacional), y “Crónica Universitaria” (De la Ascun).
  • Director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Nacional.
  • Director de la Imprenta Nacional.
  • Director ejecutivo de la Asociación Colombiana de Universidades.
  • Rector encargado, secretario académico y miembro del Consejo Directivo de la Universidad Nacional de Colombia.
  • Secretario académico de la Universidad de América.
  • Rector encargado, vicerrector y decano de estudios de la Universidad Externado de Colombia.
  • Fundador y primer rector de la Universidad Central.
  • Fundador y rector del Colegio Claustro Moderno.

Obras

Poesía: Poemas (1942); Moradas (1951, Premio Espiral de Poesía); El Aire y las colinas (1963); Detrás de las Vitrinas (1977); Palabras Rescatadas (póstumo, 1990).

Cuento: El Encuentro y otros cuentos (1982).

Pedagogía: La Educación Continuada (1978); Cuestiones Universitarias (1972); Universidad y Estado (1980); Papel de las Asociaciones Universitarias (1972); Cuestiones Universitarias (1970); La Universidad Conflictiva (1976); Tu Idioma (textos de Español y Literatura para toda la primaria, 1º, 2º, 3º y 4º Bachillerato); Instituciones Políticas de Colombia (Cívica superior) (1962).

Pensamiento pedagógico del fundador

Carlos Medellín Forero

Artículo publicado en primera página de Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 17 de octubre 1965.

Nunca se insistirá demasiado sobre la necesidad de dar a nuestra educación un contenido verdaderamente colombiano, dentro de las técnicas y los sistemas universalmente establecidos y probados. Hay temas y conceptos sobre los cuales es preciso estar volviendo sin temor a la repetición, cuando para ellos tenemos poca memoria o escasa atención. Y hay también ciertos principios elementales que, por ello mismo, suponemos están fuera de toda discusión, y que, sin embargo, al tratar de localizarlos en su ubicación natural, su ausencia nos causa desconcierto. Pues a la educación colombiana, si de ella puede hablarse en estricta verdad, le sigue ocurriendo lo que muchas veces hemos glosado en sus prospectos generales, una evidente inclinación hacia el universalismo deshumanizado y una mentalidad perfeccionista cada vez más alejada de las realidades sociales que en ella se deben reflejar con honda proyección creadora.

Uno de los caracteres más apasionantes de la noble disciplina educacional es, precisamente, la constante oportunidad que nos brinda para satisfacer nuestra necesidad de corregirnos y rectificarnos, de manera que logremos hacer en los demás lo que en nosotros mismos no obtuvimos. Es un lugar común afirmar que la única solución positiva de nuestros grandes problemas solo se encuentra en el proceso educativo, de cuya dirección y ejecución depende la manera como el país llegue a entender y asimilar la compleja problemática de un futuro inmediato, que avanza con velocidad superior a sus posibilidades actuales, escasas ellas y de pocas recursos, por lo que la educación no alcanzó a satisfacer en su momento.

El afán de universalismo ha desplazado de sus lugares propios muchos de los valores fundamentales de nuestra educación. Pudiera decirse que estamos empeñados en enseñar el alfabeto prescindiendo de sus tres primeros signos básicos para una verdadera sintaxis mental y afectiva, sin la cual todo concepto de la vida y del hombre resulta fatalmente falsificado.

Educar para vivir

Educar para vivir, dicen nuestros maestros que es su primordial propósito, y es seguro que están en lo cierto. Pero a ese postulado general falta un modo que explique su significado práctico, por lo demás el único posible como disciplina informadora. Educar para vivir, si, pero viviendo, porque el sujeto de su atención y de su aplicación existe en la plenitud de sus facultades vitales, que no solo no se interrumpen mientras se le “enseña la vida”, sino que se afinan y agudizan hasta extremos increíbles. Consciente o inconscientemente el joven y el niño se hallan en estado de avidez perceptiva y en actitud permanente de comprensión anímica, sin que ningún acto, o palabra alguna, logren escapar de esa red cautivadora. De ahí el peligro y la responsabilidad. Y de ahí la necesidad de tener presente al hombre, más allá de las simples teorías pedagógicas, de los planes de estudios milimétricamente contabilizados y de las normas disciplinarias aplicadas con el frío rigor de las cláusulas reglamentarias.

Esto es humanizar la educación y esto es la educación humanista. No, como algunos pretenden, el simple conocimiento de los filósofos, de los artistas, de los escritores y de los científicos que enseña la historia con precisión aritmética y aterrador casuismo, ni la memoria biográfica o la estrecha comprensión matemática de teoremas y fórmulas fácilmente olvidables. Nada se obtiene si la disciplina intelectiva no corresponde a una auténtica verdad sensitiva y, en el orden de los valores morales, desde el ángulo estrictamente educativo, resulta mucho más importante aprender a vivir, viviendo, que aprender a recordar con impasible memoria de falso ecumenismo.

Más que aprender el estudiante debe comprender, y a esto no se llega sino por experiencias personales que el educador debe procurar en la medida de los gustos y las inclinaciones del elemento que se le confía. ¿Hasta dónde nuestros institutos educativos están aplicando este postulado básico de la arquitectura individual?

Los planes oficiales de nuestra educación, tantas veces hechos, revisados y rehechos, conceden un amplio margen a la actividad extracurricular, para que sus ejecutores de todos los niveles la aprovechen a través de establecimientos internos en los cuales cada estudiante pueda hallar su oportunidad de aprender a vivir, viviendo. Probablemente no exista quien carezca de una habilidad, una tendencia o una afición que son los puntos de referencia para determinar y aclarar la vocación de cada cual. La ocasión de conocerlas y distinguirse en ellas, permite al joven o al niño satisfacer su necesidad de figurar y destacarse, y cuando esto se consigue está ganada la empresa de hacer que se encuentre a sí mismo en su dimensión espiritual. Si se atiende a la trascendencia de tales programas, claro se ve cómo ellos deben dejar de ser un asunto opcional, para convertirse en materia de prelación con fuerza obligatoria y garantía de cumplimiento.

Los grupos de teatro experimental, las academias literarias, los centros de investigación científica coordinada con el estudio regular de las materias afines, los conjuntos corales, los periódicos y las revistas estudiantiles, los pequeños talleres de pintura y artes aplicadas, los concursos, los equipos deportivos y los cuadros de escultismo, no son, pues, actividades de segundo orden para que los establecimientos de educación las realicen si a bien lo tienen. Si a través de ellos se forma el ambiente propicio para un auténtico desarrollo de la personalidad, y si en su medio se encuentran los elementos necesarios a tal fin, esas llamadas actividades extracurriculares constituyen el mayor motivo de superación personal y el procedimiento más adecuado para la aplicación de lo que hemos dado en denominar una educación integral, la cual consiste en última instancia, en enseñar a vivir, viviendo.

La profesión universal del hombre

También se ha dicho y repetido muchas veces que la educación colombiana tiene más de información que de formación, y que frecuentemente confunde la instrucción con la cultura, asuntos diferentes aunque esta contenga primordialmente a aquella. Si ello es así, y si queremos reajustar nuestros cánones educativos con la intención de conceder a la cultura la posición predominante que le corresponde en los objetivos primarios de la educación, hemos de recordar aquel concepto, no por literario menos abundante en contenido social y humano, de que la cultura es la profesión universal del hombre.

El más sencillo análisis de lo que significa y representa la cultura en cada uno de los estamentos de nuestra sociedad, el más superficial examen de conciencia en cuanto a nuestra obligación particular con las categorías culturales a que estamos llamados, en razón de nuestra profesión universal y de nuestras profesiones y oficios particulares, nos indicarán fácilmente hasta qué punto estamos distantes del ideal más modesto, y nos señalarán profundos vacíos que desconciertan, no solo en el aspecto del conocimiento sino, sobre todo, en el agrietado edificio de una personalidad semiconstruida. Muy pocos podrían sustraerse de esta característica general en la comunidad colombiana. Y como, según lo expresábamos antes, solo la educación es dispensadora de adecuados correctivos, toca a sus gestores procurar las enmiendas, con la seguridad, eso sí, de estar prestando al país el mejor y más urgente de los servicios.

Muchos de los casos de insuficiencia cultural a que nos referimos, solo demandan complementos que los interesados buscan afanosamente sin que encuentren la posibilidad de lograrlos en la medida de sus necesidades. En este sentido la universidad de los últimos tiempos ha tratado de corresponder al apremio, mediante cursos de extensión que se entienden como parte de su función social, pero que, dadas la magnitud y la extensión del problema, no son suficientes. Por eso pensamos que los establecimientos de educación media tienen semejante función de servicio cultural a la comunidad, y que su destino no se limita a una simple instrucción general de los educandos, sino que debe extenderse a quienes lo soliciten con suficiente razón. La empresa de alfabetización y de instrucción no es, pues, el último término en la disciplina educadora que ejercen nuestros institutos pedagógicos. Paralelamente, y mucho más en un país que quiere desarrollarse, hay un largo prospecto de realizaciones por lograr, del cual nadie puede considerase exento.

La inclinación perfeccionista que ha distinguido a quienes en ciertos momentos asumieron las grandes tareas directivas de nuestra educación en sus tres niveles esenciales, ha venido a producir poco a poco en el tiempo una institución de metas y objetivos harto inconveniente, como se puede apreciar sin mayores esfuerzos en los resultados evidentes de las generaciones que han experimentado, sin saberlo, tan equivocada desviación de principios. El afán de universalismo ha desplazado de sus lugares propios muchos de los valores fundamentales de nuestra educación. Pudiera decirse que estamos empeñados en enseñar el alfabeto prescindiendo de sus tres primeros signos, básicos para una verdadera sintaxis mental y afectiva, sin la cual todo concepto de la vida y del hombre resulta fatalmente falsificado.

¿Qué importa, por ejemplo, enseñar a conocer la estructura del Estado, en un curso de instrucción cívica, si no se sabe influir en la formación de una conciencia clara sobre los derechos y obligaciones del ser humano como tal y de la responsabilidad y el respeto inherentes a esa excepcional categoría? ¿O qué interesa el conocimiento preciso de nuestra geografía física, si no la concebimos como factor determinante en muchos aspectos de la geografía económica y social, en su autentica verdad de anhelos y frustraciones? ¿Dónde están los planes pedagógicos para formar y educar el gusto de nuestras juventudes, cuya única cátedra es el desmedido aparato publicitario inspirado por el peor de los criterios de las propagandas mercantiles? ¿Y quién recuerda aún las exigencias de la urbanidad, sin la cual las nociones teóricas de ética son palabras vacías? ¿Quién enseña a conocer y amar los valores autóctonos de nuestra nacionalidad, en las tradiciones populares que se ignoran y tienden a desaparecer por falta de resonancia en el espíritu de nuestras gentes nuevas, que solo son capaces de entender y repetir mecánicamente los acentos foráneos con que nos inundan los monstruos electrónicos de la técnica contemporánea?

Todo esto y mucho más, reclama una reacción vigorosa, si es que comprendemos la necesidad de rescatar para nuestra educación ciertos principios elementales que le permitan asumir otra vez una perdida fisonomía nacional, sin la cual, por altas que sean las cifras estadísticas de su evolución numérica, no podrá ser excluida de la sentencia evangélica según la cual de nada sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma.

Carlos Medellín Forero
Artículo publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 20 de noviembre de 1966.

Seiscientas cincuenta y cinco horas anuales en la educación primaria, y mil ciento setenta en el bachillerato, dedican los programas oficiales a las llamadas actividades coprogramáticas incluyendo la educación estética. Si se comparan con la intensidad horaria de las materias puramente intelectuales, que son las tradicionales de toda instrucción escolar, forzoso es aceptar que aquellas disponen de un tiempo suficiente para aprovecharlas en toda la extensión deseable, si es que se las quiere utilizar en su incalculable valor educativo.

Pero ¿en qué consisten esas actividades de curioso nombre? Diríamos que se trata de poner en práctica el único sistema eficaz para descubrir la verdadera personalidad de los jóvenes y los niños, a través del encuentro de sus talentos ocultos, de sus aptitudes innatas y sus disposiciones temperamentales. Esto significa, en gran síntesis, la tarea del auténtico educador, en la que cual queda incluida la necesidad de que el educando se descubra a sí mismo, en un lento y largo proceso que debe conducir a su propio conocimiento, lo cual, entre otras cosas, sigue siendo el principio de la sabiduría en el lenguaje filosófico de Grecia.

Loa expertos en psicopedagogía distinguen entre las orientación vocacional y la orientación profesional, dentro de una consecuencia unitaria. Bien entendidas las cosas, ninguna de las dos consiste, como algunos suponen, en conferencias simplemente informativas sobre el carácter y las posibilidades de cada rama profesional, reservadas a quienes andan en los últimos pasos de la educación media, en víspera de la universidad. Al contrario, la orientación vocacional, fundamento de la profesional, se inicia en el momento en que el niño accede por primera vez al aula, ciertamente el más difícil para el maestro y el más peligroso para la sensibilidad infantil. A medida que ese pequeño gran mundo de complejidades psicológicas que es el niño, va abriendo las ventanas y las puertas de sus interioridades espirituales, la mano rectora del educador y el ojo vigilante de los padres deben disponer de un entrenamiento suficiente para saber guardar la luz, moderar el sonido y atemperar la permanente sucesión de los milagros, de manera que el universo de las ideas y el mundo de los hechos queden condicionados a una capacidad receptiva en constante evolución.

Esto es lo que en grandes caracteres y en forzoso resumen pudiera denominarse la filosofía de las llamadas actividades coprogramáticas, que con tan acertado juicio consagran los programas oficiales en amplio espacio de aprovechamiento. Es una metodología racional, consecuente y ordenada, para la educación progresiva de los sentidos, de lo cual dependerá, tiempo más tarde, la formación cultural definitiva, dentro de un concepto preciso de la educación integral. El conocimiento de la luz, el color y las formas elementales, la sensación pura del ritmo y la asimilación de los sonidos, la expresión inteligente estimulada por una imaginación enriquecida, son fines primordiales de esta pedagogía recreativa, concebida y llevadas a la práctica no como intrascendente pasatiempo sino como intensa labor de arquitectura espiritual. Todo lo cual, unido a la regular tarea de adquisición y ordenación de los conocimientos, conducirá indubitablemente a la creación del tipo humano que nuestra sociedad requiere para la efectiva superación del subdesarrollo cultural que vive y padece.

Un colegio no es, no debe ser solo un centro de enseñanza, sino un laboratorio de cultura, de descubrimientos para la vida, de estímulos espirituales y estéticos.

¿Cómo podrían nuestros establecimientos educativos satisfacer esa exigencia?. Simplemente concedido a tales actividades, tan esencialmente formativas, la atención, el tiempo y la dedicación que merecen, y que el Estado determina pero quizás no exige con rigor suficiente. Las prácticas libres pero dirigidas de dibujo, pintura, modelado y artesanía, los ejercicios de teatro (improvisaciones sobre temas familiares, títeres de fabricación propia e inventiva personal), la disciplina musical a través de experiencias propias, con los instrumentos de percusión, en primer término, las prácticas de expresión coral e individual, las academias literarias, los centros de curiosidad científica, constituyen el mejor y más eficiente recurso de cualquier prospecto educativo porque solo a través de esas experiencia se obtiene el estímulo de la iniciativa infantil y solo mediante ellas se pueden fomentar las aptitudes y las inclinaciones que iluminan la mente creadora del autentico maestro.

A medida que ese pequeño gran mundo de complejidades psicológicas que es el niño, va abriendo las ventanas y las puertas de sus interioridades espirituales, la mano rectora del educador y el ojo vigilante de los padres deben disponer de un entrenamiento suficiente para saber graduar la luz, moderar el sonido y atemperar la permanente sucesión de los milagros.

Carlos Medellín Forero.

Artículo publicado en primera página de Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 21 de enero de 1968.

Se impone hacer del tema colombiano, con afectividad de sano nacionalismo, una cátedra general y permanente.

Una visión general de nuestro sistema educativo en sus componentes elementales, parece ser el natural presupuesto de cualquiera acción reformadora, porque ninguna política cultural o pedagógica respondería en otra forma a los requerimientos de la verdad social. ¿Quién debe responder a esta necesidad? Todos a una. Los que directamente, desde la función estatal o en el sector privado, han asumido la más dispendiosa y grave de las responsabilidades entre las que pesan sobre la comunidad. Y son tan extensas sus raíces, que proceden desde la célula primaria del organismo social, de manera que prácticamente nadie que de él forme parte con algún significado, puede considerarse ajeno a esta vocación.

Pues la educación se organiza y procede a través de ciertos estamentos fundamentales que le sirven de agentes, cada cual dentro de sus propios linderos y proyecciones. No es asunto exclusivo del Estado, a quien la Carta comisiona para dirigir y vigilar sus actos. Ni es cuestión privativa de los maestros a todo nivel, por razones profesionales o de oficio. Ni es problema propio de los editores y autores, en cuyo esfuerzo confían profesores y alumnos. Ni ha de ser preocupación solamente de los padres, en lo que atañe al medio familiar. Sino que de la meditación y la actividad conjunta de todos ellos, ha de resultar la programación integral y la completa realización de los planes educativos, la formulación de una filosofía cultural y pedagógica en que pueda apoyarse seguramente la política general de su adecuada aplicación.

Periódicamente sabemos de congresos, conferencias y otros encuentros pedagógicos, destinados a plantear y debatir materias de esta especie, de los que se derivan conclusiones y recomendaciones harto inteligentes y saludables. Pero hay algo que se advierte como un denominador común de esos certámenes: cada uno ofrece su propio punto de vista, estudia y analiza un temario de ángulos parciales, proyecta su propia y exclusiva imagen. Frecuentemente tales eventos llegan hasta adquirir fisonomía gremial, en la órbita de los maestros y en el lado mismo de los directores, lo cual, si bien responde a elementales derechos, no siempre corresponde, por sus propósitos y sus resultados, al interés superior del problema educativo.

Lo que, en cambio, no se ha verificado aún y debiera ser objeto de inmediatos esfuerzos, es el encuentro de todos aquellos componentes del ente educativo, tan esencialmente relacionados, tan confundidos en su práctico quehacer de todos los momentos, para dar forma y estructura a un sistema que se nutra de las sustancias producidas por cada uno, y escoger de consuno las vías de acceso hacia la solución, no de los problemas parciales sino de la problemática general y común. Cada uno de los agentes de la educación –dependencias gubernativas, directores, maestros, padres, autores y editores- es poseedor de materiales e instrumentos muy particulares, trajinados y conocidos con idoneidad y pericia, a lo largo del tiempo. Cada cual se encuentra en disposición de aportes igualmente valiosos: el Estado regula, el director conduce, el maestro construye, el padre consolida, el autor informa, el editor produce. Y cada quien está en lo suyo, pero probablemente extraño a lo de los demás.

Ocurre entonces que los prospectos y los sistemas educativos, no obstante sus objetivos ideales y sus sujetos concretos, y aun dentro de toda la buena fe posible, surgen desarticulados, transitan vías diferentes y a veces opuestas, se distancian entre sí y conducen a resultados tan desiguales como los que cualquier observador desprevenido puede advertir sin mayor esfuerzo.

A riesgo de incurrir en ostensibles omisiones, y simplemente con criterio enunciativo, una superficial revisión de las actuales instituciones pedagógicas nos permite subrayar los siguientes hechos de calidad, en cada una de las órbitas a través de las cuales se realiza nuestra educación.

Y así como es tan angustioso un índice de analfabetismo que alcanza a la tercera parte de nuestra población, no lo es menos el hipotético de la incultura artística, cuya rata quién sabe hasta donde llegará.

Órbita estatal.

Predominio del criterio estadístico sobre la mentalidad cualificadora

Generalmente los informes oficiales sobre el desarrollo del servicio educativo se inspiran en la intención principal de causar admiración por el crecimiento cuantitativo de las aulas y su población estudiantil, como prueba de la preocupación del Estado por uno de los más graves problemas nacionales: el analfabetismo (33.7% de la población colombiana). Sin restarle un solo punto de importancia a ese protuberante mal social, es preciso revivir un interés no inferior hacia el aspecto del contenido, de la CLASE de educación que el país requiere a estas alturas en su condición cultural, de las modalidades exigidas por el espíritu que se aspira a infundir para una verdadera vida nueva y consciente, de la comunidad. En esta materia resulta inapropiado hablar de ‘balances’, término esencialmente contable, para aludir a las circunstancias múltiples del fenómeno educativo, naturalmente no cuantificable.

Exceso intervencionista sobre las partes, con detrimento de la orientación del todo

La gestión oficial de orden práctico suele ser circunstancial, casuista, celosa de la particularidad y el detalle. Una visita de inspección escolar, por ejemplo, -que representa la presencia física del Estado en las aulas y constituye su influencia directa sobre los agentes de la educación- frecuentemente se reduce a comprobaciones matemáticas sobre el desarrollo de los programas de estudio a través de sus intensidades horarias, y pasa de largo sobre el carácter del instituto intervenido, su materia docente, sus herramientas pedagógicas, su capacidad o incapacidad para construir lo que es aún más importante que el depósito objetivo de los conocimientos en una especia de kárdex cerebral, su orientación o desorientación en materia de arquitectura espiritual. El Estado, en su misión reguladora, debe superar esa etapa primitiva, para convertirse en un auténtico señalador de rumbos, y su acción está llamada a ser mucho más orientadora y asesora que policiva.

Indefinición e inestabilidad programáticas

Bien sabemos, y se ha repetido, que frecuentemente, lo que se llama ”cambio educacional”, consiste en precipitadas alteraciones de los planes docentes, adicionando, reduciendo, sustrayendo o limitando sus materias, según las preferencias del criterio de turno. La única consecuencia evidente de todo aquello, es un inconveniente contrapunto de programas, cuya inestabilidad arbitraria desorganiza los currículos, descontinúa los textos e inhabilita no pocas veces la capacidad magistral. Sin desconocer la naturaleza variable de los elementos del conocimiento, especialmente en un mundo y una época cuya evolución científica es tan honda y veloz, resulta imperioso dar firmeza a varios de ellos cuya estabilidad los convierte en espina dorsal de toda cultura.

Bien dividida, como ha sido, la educación media, en ciclos básicos y superior, esta debe articularse racionalmente con su destino natural, la universidad. En tal aspecto ella debería ser la programadora, la fuente de dirección que pueda conducir a los bachilleres hacia sí misma, no solo en cuanto corresponde a sus requerimientos intelectuales, sino como orientadora profesional de su inmediato material humano. Solo así se hace posible restaurar el eslabón roto o construir el inexistente, en el proceso académico y psicológico bachillerato- universidad.

Ciertas actividades académicas abandonadas

Ofrecen los programas actuales de los niveles medio y elemental, ciertos tiempos y espacios intelectualmente dispuestos para actividades denominadas coprogramáticas. El sistema de incalculables proyecciones pedagógicas, carece sin embargo de programa y dirección, e inclusive suele ser menos preciado o simplemente desestimado. Pues en él se encontrarían las mayores posibilidades de formación integral, y los mejores recursos de estructuración cultural, de no ser por la ausencia total de planes concretos y de fuerzas docentes debidamente organizadas.

El Ministerio de Educación todavía dispone de toda una división de divulgación cultural, por cuyo oficio se inquiere constantemente con las mismas respuestas: faltan presupuestos. Sin embargo, aun sin otro presupuesto que el de funcionamiento ligeramente incrementado, ahí tienen sus funcionarios un terrero absolutamente intransitado y suficientemente determinado: el de la programación orientación y vigilancia de las actividades culturales en los establecimientos educativos, la coordinación de sus correspondencias mutuas, la asesoría a escuelas normales y universidades formadoras de maestros, la organización de grandes certámenes interescolares que, en el ámbito de la cultura, realizarán similar propósito al que con éxito se obtiene en los deportes intercolegiados.

Consejo superior de educación

La estructura orgánica de las entidades oficiales especializadas, tendrían en un consejo nacional de educación o como se le quiera denominar, un cuerpo de asesoría técnica de indiscutible trascendencia para el perfeccionamiento de nuestras instituciones educativas, con tal que su integración representara a las cinco órbitas fundamentales de que hemos hablado. Ignoramos las causas de extinción o inoperancia de ese cuerpo consultivo, que en alguna época desempeñó sus funciones con general reconocimiento.

Y pensamos que su reconstitución sería hoy de gran facilidad, contando con las asociaciones existentes de universidades, colegios, rectores, profesores, padres de familia, editores y autores de textos escolares, todas ellas organizadas, capaces y activas, muy representativas, además, de los sectores educativos que personifican.

A no dudarlo, problemas tan específicos, y de tantas implicaciones técnicas y económicas, como el del calendario, el régimen semestral y la pretendida unificación de textos, que tanto conmueven a la opinión pública recibirían mejores tratamientos y resultarían más ampliamente consultadas con las partes de mayor interés, en el recinto de dicho organismo así constituído.

Es preciso revivir el interés hacia el aspecto del contenido, de la CLASE de educación que el país requiere a estas alturas de su condición cultural.

Órbita escolar.

Predominio de la información sobre la formación

Sigue vigente uno de los más antiguos reparos al sentido del trabajo escolar en sus tres niveles generales: el de la prevalencia del criterio simplemente instructivo sobre el taller de operaciones constructivas en materia psicológica y cultural. Continúa de actualidad la necesidad de convertir al profesor en maestro, al estudiante en discípulo, a la escuela, el colegio y la universidad misma, en laboratorio de mentes estructuradas y personalidades completas. Ello implica una revaluación efectiva de nuestra filosofía pedagógica, con inspiración en dos sabios postulados de la cultura al considerarla como “la vocación universal del hombre” y como “aquello que queda en el alma una vez olvidado lo que se aprendió”.

Deficiente formación del sentido estético

Al considerar la educación como ciencia y arte de descubrimiento y formación, son los sentidos físicos y morales del individuo sus objetivos primordiales, particularmente propios de los niveles elemental y medio. Y entre aquellos, es el sentido estético uno de los más ponderables y exigentes, por cuanto comunica al espíritu con su aire primordial y lo dispone hacia sus mejores alimentos. De manera que cualquier tipo de educación resulta gravemente imperfecto, si dentro de sus principios y sus sistemas de aplicación no aparecen los predestinados al descubrimiento y la formación del sentido estético, en tiempo oportuno. Y así como es tan angustioso un índice de analfabetismo que alcanza a la tercera parte de nuestra población, no lo es menos el hipotético de la incultura artística, cuya rata quién sabe hasta dónde llegará. Este fenómeno presenta íntimas conexiones con los hechos de infracalidad propios de las demás órbitas educacionales.

Escasa formación del sentimiento nacional

Pero no es menos evidente nuestra despreocupación por el cultivo y desarrollo de la sensibilidad patriótica y el sentimiento nacional, lo cual no depende, como algunos parecen suponerlo, de una rutinaria ceremonia escolar en la que se iza el pabellón a los acordes del himno. En esto ocurre algo semejante al falso concepto que confunde la religión con la liturgia de artificiales brillos. El conocimiento íntimo del complejo patrio, a partir del territorio que lo contiene, de los valores que lo enriquecen, de la tradición y la historia que lo animan, de los bienes y los males que lo caracterizan, representa el primer imperativo de nuestra educación.

Así que se impone hacer del tema colombiano, con afectividad de sano nacionalismo, una cátedra general y permanente, distinta por su concepción y su tratamiento, de la geografía y la historia de Colombia.

El conocimiento progresivo de los asuntos nacionales, en sus implicaciones sociales y humanas, con intención docente y espíritu investigativo, parece ser el único medio hacia la formación de una verdadera conciencia de patria, como premisa obligada para el despertar inteligente de la sensibilidad nacional.

Servicio a la comunidad

Pese a los esfuerzos del actual gobierno para fomentar la proyección de los establecimientos educativos hacia las áreas sociales de más escasos recursos económicos, todavía no es posible apreciar mayores esfuerzos de correspondencia, quizás por falta de suficientes estímulos. La verdad es que esa falta de preocupación por el servicio a la comunidad es una de tantas consecuencias del escaso sentimiento nacional que anotábamos y de la insensibilidad social por la que se explica el retardo de muchos procesos comunitarios. Es posible que los establecimientos educativos encausen sus prospectos de instrucción y cultura y destinen algunos de sus instrumentos, hacia una acción de influencia sobre sus sectores sociales inmediatos que lo requieran, mediante la organización de escuelas anexas de alfabetización para menores o para adultos en las primera horas vespertinas, o en espacios sabatinos y dominicales, utilizando el muy aprovechable material humano de los cursos superiores, e inclusive patrocinando giras de sus grupos culturales por los barrios de la ciudad y las provincias cercanas. Además del buen efecto de estas generosas empresas sobre sus favorecidos (y lo son principalmente sus gestores), pedagógicamente ellas van formando un hábito y una conciencia de servicio social que se extenderá hasta la futura vida universitaria y el ulterior ejercicio profesional.

Falta de orientaciones propias y específicas

El ciclo superior de la educación media ha debido servir, entre otras cosas, para inspirar y facilitar una suerte de especialización en los institutos docentes que, sin alterar los planes básicos de estudio, y solo mediante el aprovechamiento de las horas coprogramáticas y de intensificación, definieran en cada uno un determinado carácter. Así los padres y los estudiantes podrían escoger entre los establecimientos de tendencias humanística y social, por ejemplo, y los de orientación científica y tecnológica, según los resultados en cada caso, de una previa orientación vocacional que, en el momento de la decisión, ya ha debido producir sus resultados.

Escasos contactos familiares y ninguna vigilancia extramural

Las relaciones entre la escuela y la familia deben ser definidas con precisión y claridad. Cabe aplicar en ellas el sistema de la actividad conjunta con responsabilidad compartida, y no sobra recordar que el hecho reglamentario de una matrícula en manera alguna significa la exoneración de los deberes paternos en materia educativa, sino que apenas constituye una cierta delegación parcial de ellos, fundada en consideraciones de confianza. Pero ni los padres pueden considerarse ajenos a las actitudes y los procederes de sus hijos en el claustro, ni este puede ser indiferente a la conducta de sus alumnos fuera de él, no solo en cuanto se refiere al rendimiento académico, sino particularmente en lo que atañe a su comportamiento extramural. Pues así como la conducta escolar de los jóvenes y los niños es un reflejo directo de su formación familiar, sus actitudes en el hogar y dentro de sus respectivos ambientes sociales, deben traducir la realidad de su condición educativa.

Carlos Medellín Forero
Oración de estudios de la ceremonia de graduación de la primera promoción de bachilleres del Claustro, en noviembre de 1970 en el Teatro Colón de Bogotá.

Y bien, querido amigo, finalmente obtuvo tu esfuerzo el resultado que te proponías: eres bachiller. Esto significa que ha concluido la primera etapa realmente importante de tu existencia. Fueron once o doce años que transcurrieron con velocidad, entre las contingencias propias de las personas de tu edad. Pequeños problemas que para ti eran grandes, pero que ahora, a distancia, ves en su verdadera dimensión. Acaso muchos de ellos te hagan sonreír. Sin embargo, no olvides cuánto te aprovecharon, por intranscendentes que fueran. Debes agradecerlos.

No dudo que tienes merecido el descanso al cual te dispones. Piensa que, como en años anteriores, al término del curso, podrás arrimar tus libros al sitio menos frecuentado de la casa, y dedicarte de lleno a tu bien ganada vacación que tal vez signifique para ti diversiones, alegría, despreocupación, holganza. Ojalá pudieras cumplir ese deseo, pero ocurre que cada nueva situación importante lograda por nosotros, cuanto más trabajo haya requerido y más satisfacción aporte, tanto más nos compromete, es decir, nos trae responsabilidades que no podemos eludir. Por eso lamento desilusionarte. Tu nueva personalidad, de pronto, se abre hermosamente a la luz, como amable resultado de una evolución irreversible. Es un espectáculo admirable. Eres su protagonista; en alguna forma su único actor. Y debes continuar hacia el segundo acto. Debes, ¿entiendes?

Debes seguir actuando en el nuevo proceso desde ahora, desde hoy. Tú ya conoces el valor del tiempo. En ciertas ocasiones aumenta ese valor, y ello ocurre cuando se trata de nuestro propio tiempo, el nuestro, el tuyo, que te ha sido dado con objetivos concretos de los cuales tendrás que rendir minuciosa cuenta. En este momento no hay solución de continuidad en la tarea de proyectarte hacia el futuro. Cada día es una mayor necesidad. Y como sé que la soledad será contigo ahora, quizás por primera vez, con su duro rostro escultórico, al que luego te acostumbrarás, vengo a decirte algo que pudiera servirte en el difícil arte de tu orientación profesional.

Eres feliz poseedor de un documento que acredita tu idoneidad intelectual para iniciar una carrera. Si realmente existe tal idoneidad, sólo tú puedes saberlo. No creas que ella se refiere a los múltiples conocimientos adquiridos que sea capaz de retener. No. El problema radica en la estructuración de tu criterio, en la construcción de tu personalidad. Comprenderás ahora hasta dónde tus profesores supieron ser maestros, y cómo tu colegio, más que lugar de información, ha debido obrar sobre ti como un taller de formación para la vida. Si yo te sometiera a un cuestionario sobre el origen del mundo, seguramente podrías absolverlo con propiedad. Pero si te invito a que me expliques el mundo de tu entidad existencial al cual perteneces por algo y para algo, ¿responderías con similar acierto? Si alguien te propusiera algunos interrogantes sobre el principio vital o sobre las primitivas formas de vida, serías también elocuente en la respuesta. Pero si te pido me digas la razón de tu vida, ¿la dirías con suficiente poder de convicción? En otras palabras, quiero hacerte pensar en ti mismo, porque has llegado al momento de ese tremendo ejercicio. Y ese momento se repetirá desde ahora cada vez con frecuencia mayor.

Entendida la condición de bachiller como un presupuesto elemental para la vocación del futuro, estás en la necesidad de decidir tu destino. ¿Sabes lo que esto significa? Tendrás que resolver por tu exclusiva cuenta acerca de ti mismo. Puedes estar seguro de que nunca antes hubo para ti mayor responsabilidad, la cual ya no es solamente un concepto abstracto sino algo muy concreto y muy práctico, cuya solución no encontrarás en ninguno de los libros que quisieras no volver a abrir por algún tiempo. Solo te servirá el esfuerzo sincero de buscar en ti mismo. Tendrás que encontrarte en tu posición actual y señalar para ti un sitio determinado en tu mundo. Te reconocerás con tu propia imagen, con tu corazón real y espíritu verdadero.

Ciertamente debes preferir la profesión que mejor convenga a tu realidad humana, pero antes sabrás hasta dónde llega tu conocimiento de ti mismo, porque aquello inevitablemente depende de esto. No se trata de menos y desde luego, nunca acabarás de hacerlo, pero tu orientación profesional requiere ese comienzo como inmodificable fundamento. Conocerte a ti mismo significa, para tal efecto, no solo la conciencia de tu ser psicológico, cuya importancia está en primer término, sino la determinación de las circunstancias, las modalidades y las características del medio económico y social en el que actúas Esto quiere decir que te corresponde establecer y valorar factores materiales y factores morales, cuya conjunción resulta indispensable para localizarte más o menos precisamente.

Los factores económicos considerables en esta oportunidad ofrecen tres aspectos íntimamente relacionados: tus posibilidades actuales, el costo de los estudios que desees iniciar y el ánimo de futuras ganancias en tu ejercicio profesional.

Sin restarle nada a la importancia del factor económico en tales puntos de vista, tendrás que aceptar que no siempre es definitivo como elemento de juicio, ni puede llevar a una determinación absoluta. Justa y muy justa, es tu aspiración de superar tus recursos económicos, sobre todo si han sido tan escasos como para obligarte a esenciales privaciones. Pero no sería menos injusto que solo por esta circunstancia, secundaría cuando se confronta con superiores ideales, tuvieras que traicionar una vocación claramente definida. La historia de muchos grandes hombres, bien lo sabes, es una constante contradicción a sus posibilidades económicas con la sola herramienta de su voluntad inflexible. Lo que, en cambio, debes comprender, aceptar y acoger sin reservas, es el convencimiento de que a ninguna profesión puedes llegar impulsado únicamente por la ambición del lucro. Ello sería un falso fundamento moralmente inadmisible. Más aún, si solo ello persigues, busca una actividad de las que menos exigen y más producen en material fortuna. Te aseguro que hay muchas, solo que una sociedad culta no siempre las tolera indefinidamente.

Digna es de tomarse en cuenta tu posición social, no tanto en el sentido que generalmente se concede a tal expresión, sino en cuanto se refiere al medio en el que tu familia tiene asiento. Este factor motiva en buena parte tus amistades, tus relaciones humanas, tu ordinario contacto con la humanidad. Observa, dentro de ese ambiente, cuáles serían las posibilidades lógicas de ejercer una profesión, y cómo en ella te verías secundado por las personas que más de cerca te rodean.

El factor social comprende, igualmente, la proyección de la profesión sobre la sociedad, motivo de los más ponderosos para tu decisión. No olvides que, sobre todo, tu condición de miembro activo de la comunidad implica para ti una cantidad de derechos y de obligaciones correlativas, entre las cuales está primordialmente la de ser útil a tus semejantes, en la proporción y la medida de tus posibilidades reales. Piensa de qué manera podrás satisfacer esa exigencia. Cuáles son en tu país las necesidades colectivas más urgentes, en vista de las múltiples circunstancias de diverso orden que encauzan actualmente la vida nacional. Es evidente que necesitamos muchos profesionales de distinta especie, pero hay algunos cuya presencia multiplicada resulta más imperiosa. Fundamentalmente se advierte la necesidad del buen profesional, y hay profesiones que reclaman un inmediato rescate para reintegrarles un grado de honradez y dignidad que quizás hayan perdido, a causa de quienes no supieron ser fieles a su espíritu original.

De la vocación generalmente se cree que solo consiste en el gusto por una actividad determinada, lo cual no es muy exacto. Tú puedes, por ejemplo, experimentar placer estético en la consideración de una obra pictórica, musical o literaria, y, sin embargo, es probable que no sea tu destino el mismo del pintor, el músico o el escritor. Quizás admires al cirujano y te complazca el bello oficio de su rito blanco, pero tal vez carezcas de las condiciones indispensables para participar en él. A pesar de la inclinación que sientas hacia una profesión, no tienes su vocación si solo te apoyas en esa circunstancia para seguirla.

El sentido neto de la vocación es el llamamiento que a alguien se hace para profesar, es decir, para aceptar devotamente su destino social mediante el ejercicio de la función que circunstancias personales prescriben. Desgraciadamente, como te decía, el gusto por un oficio no siempre implica la aptitud para desempeñarlo. Pero es seguro, al contrario, que tal aptitud produzca de inmediato el placer de su aprovechamiento. De manera que lo aconsejable es atender más a los talentos con que Dios te ha dotado, y de los cuales tienes tanta responsabilidad, porque ellos mismos, en su adecuado desarrollo, serán causa de tu placer, y aún de la equitativa aspiración económica que probablemente no te abandona.

En este punto lo primero será que conozcas la naturaleza y el sentido de todas las profesiones, las cuales superan en mucho la cantidad y el concepto que ordinariamente se tiene de ellas. Tal vez te sorprendas si te digo que en Colombia existen actualmente más de cincuenta profesiones liberales diferentes, una de las cuales ha de tener su vocación para ti, según sean y se manifiesten tus disposiciones hacia ella. No importan tus condiciones temperamentales y de carácter, tus circunstancias económicas y sociales, tus gustos y habilidades, el creciente desarrollo de tu país te permite ahora buscar y encontrar una aposición profesional tan noble y respetable como otra cualquiera. Resultaría demasiado extenso este mensaje si tuviera que explicarte cómo es, en qué consiste y qué requisitos demanda cada una. Pero como debes saberlo a ciencia cierta, te aconsejo la ayuda de un profesional que merezca tu admiración, para que te informes adecuadamente sobre el particular.

Por otra parte, debes abandonar el prejuicio del doctoramiento, tan generalizado entre nosotros. Futuras experiencias te enseñarán cuán accidental y relativa es esta circunstancia, apreciada desde un punto de vista estrictamente intelectual y aún social. En alguna ocasión, al ser presentado un médico a cierto amigo, éste entabló conversación con él dándole el tratamiento de señor. Al darse cuenta de su equivocación se apresuró a ofrecer disculpas por ella. A lo cual el médico le respondió. “No se preocupe. Sepa usted que abundan los doctores y, en cambio, escasean los señores”.

Doctor, o lo que quieras o logres ser, ante todo debes poseer y conservar la calidad moral del señor. Para los latinos señor era el dominus, y con este mismo término nombraban al dueño de algo, de donde en nuestro idioma se derivan vocablos como dominio y dominar. Serás señor, doctor o no, en tanto tu atributo espiritual esté formado por la honradez de tu mente y la fuerza constructiva de tu voluntad, en tanto tu mano izquierda pueda saber lo que hace la derecha, según el consejo evangélico; en tanto puedas mantener el don supremo de la lealtad para contigo mismo, sin la cual nunca serás leal a quienes debas serlo. Señor es el propietario de sí mismo, porque una vez se encontró, se posesionó y resolvió mantener a toda costa esa preciosa propiedad. Señor es el dueño de su propio nombre para poder escribirlo públicamente sin temor. El señorío es una dignidad que imprime carácter, una especial categoría entre los valores humanos. Debes saber, querido amigo, que con tu título de bachiller has recibido el grado de señor, premisa esencial para aspirar a cualquier profesión. Si lo conseguiste es porque tenías su vocación, la vocación universal del hombre, como se ha dicho de la cultura, porque ella misma forma parte del patrimonio moral que se requiere para exigir el título de señor. Que logres enriquecerlo y conservarlo, son los mejores deseos de tu cordial amigo.

Susana Becerra de Medellín

(Sogamoso, Boyacá, 1937). Educadora. Hija de Teófilo Becerra Medina y de Susana Álvarez Rincón. Casada con Carlos Medellín Forero (cuatro hijos: Ángela, Carlos Eduardo, Jorge Alejandro y Silvia). Especialista en Educación Músical (Método Orff) de la Universidad Pedagógica Nacional. Cofundadora con su esposo del Colegio Claustro Moderno en 1966, en el cual se ha desempeñado como profesora de Arte, Música, Español, Manualidades y Caligrafía, como Directora de la Primaria por muchos años, como Secretaria Académica (cuya firma aparece en todos los diplomas de bachilleres), Administradora, Supervisora General y Representante Legal. Susanita, como la conocen y recuerdan todos, es el alma del Claustro, de la misma manera que su esposo fuera el cerebro de la misma institución. Su coraje, su temple, su afecto y su compromiso con la formación de su propia familia son los mismos que ha puesto al servicio de la educación colombiana a través del Claustro Moderno, y los mismos que sirvieron como guía y luz en los momentos más difíciles del Colegio, cuando su esposo, fundador y rector, perdiera la vida en el holocausto del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. Es Susanita la única persona del Colegio capaz de reconocer el rostro y de recordar las características, cuando no el nombre, de los más de 2000 exalumnos/as bachilleres del Claustro y de sus padres. En el año 2001 recibió por parte del Ministerio de Educación Nacional la Medalla Simón Bolívar.

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